miércoles, 2 de noviembre de 2011

Desigualdad enorme e injusta en el mundo


Sin duda el principal rasgo de la realidad actual es la enorme e injusta desigualdad  mundial. Tiene sus causas en el sistema capitalista neoliberal que destruye al planeta y produce pobreza y exclusión. Las personas pobres carecen de bienes básicos necesarios. Las personas excluidas sienten que no son útiles a la sociedad, y que no forman parte de ella. Estos son los efectos de un sistema de explotación y dominación que produce víctimas a diario, personas y pueblos, y que es incapaz de responder a las verdaderas necesidades y deseos de la inmensa mayoría de la humanidad.

Un sistema que nos ha llevado a varias crisis coincidentes: una crisis ecológica, energética y medioambiental que amenaza la supervivencia misma del planeta, una crisis alimentaria que ha instalado en el hambre y la desnutrición a la sexta parte de la población mundial, y una crisis económica y financiera que además de producir más desempleo y más exclusión, ha creado definitiva desconfianza.

Este sistema es incapaz de satisfacer las necesidades y los deseos de la personas. Las necesidades son básicas, son estables, son de supervivencia. Pero los seres humanos tenemos también deseos: deseos de libertad, de un horizonte de vida mejor, de unos mínimos de dignidad. La planificación centralizada de los países del este olvidó esos deseos. Y, ahora, lo que mueve a la mayoría de quienes emigran no es el hambre o las carencias graves, sino la falta de horizonte vital.  Ya no basta con superar la línea de la pobreza, es decir asegurar los mínimos  vitales de supervivencia, hoy la pretensión debe ser alcanzar la línea de la dignidad como indicador ético de consumo sostenible. Para alcanzarla se impone reducir los consumos del Norte y aumentar el consumo del Sur, pero también desde luego reequilibrar esos consumos al interior de cada país.

Estamos ante una crisis del capitalismo. Y lo que nos anuncian es que hay que ir hacia un capitalismo regulado.  El capitalismo ha resuelto tradicionalmente sus problemas, sin resolver los de la población. Lo que está en duda ahora  es hasta su capacidad para resolver sus propios problemas. Hay que cambiar de modelo. Hay verdadera necesidad de que la economía quede subordinada a una política democrática. 

Pero, incluso, más allá de la tiranía de este modelo  económico, hay una crisis más profunda cultural y de fundamentos. Las preguntas que tiene planteadas la humanidad han llegado a ser mayores que nuestra capacidad de encontrar respuestas. Los conceptos claves de la modernidad: razón, ciencia, tecnología, progreso y democracia han quedado severamente cuestionados.

El ser humano ha quedado reducido a la simple condición de productor y consumidor. La ciencia está avanzando de manera incontrolada, a veces mucho antes o más allá de que se alcancen consensos éticos y políticos. Pero la realización humana en profundidad no puede reducirse a un cierto bienestar y a los bienes materiales. Y por ello han aparecido los síntomas de una profunda enfermedad cultural y de civilización: angustia, malestar, miedo, inseguridad, inestabilidad.

Ha aflorado la necesidad de atender, además de a la economía y la investigación de las ciencias experimentales,  a otros elementos extraídos de la antropología cultural, de la psicología social y de las tradiciones espirituales. Un sólido proyecto político de transformación social, por más igualitario y justo que sea, no puede desvincularse de las aspiraciones y sueños individuales y comunitarios. Un árbol crece primero hacia abajo, busca raíces. Hay que hacer un descenso a las honduras de la alegría y del sufrimiento humano.

Esta crisis manifiesta una situación en la que algo viejo está muriendo y  donde algo nuevo no puede nacer todavía, pero mientras tanto, habrá que profundizar en la SOLIDARIDAD.

La solidaridad es un impulso que nace en nuestro interior. Es un reconocimiento del otro como una persona semejante y con los mismos derechos. Es asumir responsabilidad para lograr esa igualdad y, por lo mismo, se caracteriza por una entrega a los demás que permita la expresión en plenitud de cada persona y, la posibilidad de construir en común proyectos de grupo o para toda la sociedad que respondan a cierto grado de integración social a partir de valores compartidos como cooperación, ayuda mutua, reciprocidad, participación activa en organizaciones colectivas, redes de contacto… Todo ello con calma pues se trata de andar un camino con largo recorrido y como me dice un amigo, despedirnos de la idea de un paraíso en la tierra, sea el que sea, porque cualquier tiempo futuro será un futuro imperfecto.

L. Mariano Gracia del voluntariado de ¿QUÉ TAL? y colaborador de la Escuela Social

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